Este fin de semana, el fuego volvió a mostrar el rostro brutal de un modelo que sacrifica territorios y vidas: en las regiones de Biobío y Ñuble en Chile, las llamas avanzaron sobre alrededor de 30 mil hectáreas con una velocidad criminal, empujadas por calor extremo y vientos intensos, conectando grandes focos simultaneos que se expandieron desde la zona de Hualqui–hacia Penco, Lirquén, Tomé y otros sectores del Gran Concepción. Se quemaron poblaciones enteras —como el sector El Pino, donde 120 casas resultaron en cenizas— más de 20 mil evacuadxs , mientras la gente escapaba con lo puesto, organizando refugios, ollas comunes y brigadas con sus propias manos. Hoy denunciamos con rabia y dolor el saldo de esta catástrofe: al menos 19 personas fallecidas- que puede aumentar al doble en los próximos días– cientos de viviendas destruidas y miles de familias golpeadas, en una tragedia que no es “natural” cuando se repite sobre los mismos territorios empobrecidos y expuestos.
No aceptamos el relato oficial. El Biobío es un territorio históricamente convertido en zona de sacrificio y modelo de saqueo que viene operando hace décadas, con monocultivos industriales, desregulación, abandono estatal y la instalación de megaproyectos que chocan con la vida comunitaria. No es casual que en medio del humo reaparezcan, una y otra vez, los intereses que buscan lucrar con la tierra y con su “reconstrucción”. En los mismos lugares donde hoy arden comunidades, se empujan proyectos extractivos como el proyecto minero de tierras raras en Penco (ACLARA), y se celebra desde el empresariado la idea de un nuevo ciclo de “permisos más rápidos” y de flexibilización regulatoria. Denunciamos también las señales peligrosas del próximo gobierno, que abren la puerta al cambio de uso de suelo y a la especulación: Cuando se quema el territorio, aparecen los buitres a ofrecer “reactivación”, “inversión” y “desarrollo”, intentando borrar con decretos y negocios lo que el pueblo construyó y defendió con años de vida y trabajo.
En paralelo, en la Patagonia argentina se repite el mismo patrón de violencia territorial: los fuegos que se iniciaron en la zona de Puerto Patriada, en la Comarca Andina de Chubut (cerca de Epuyén y El Hoyo) ya han arrasado al menos 14.770 hectáreas, dejando a su paso decenas de familias golpeadas: se reportaron 47 viviendas destruidas y evacuaciones masivas en el territorio. Pero mientras el fuego avanzaba, el poder avanzó también con su libreto: el gobierno y vocerías mediáticas criminalizaron al pueblo mapuche, llegando a hablar de supuestos “grupos terroristas” sin que existiera una conclusión judicial que lo sostuviera, en una maniobra vieja y peligrosa de fabricar enemigos internos y encubrir responsabilidades. A la par, entre los habitantes de la zona se confirman los rumores sobre “intereses extranjeros” detrás de los incendios —teorías que llevan tiempo y circulan cuando la gente sabe que hay disputa de poder por tierra, agua y negocio.
Frente a esto denunciamos con fuerza que los intereses empresariales y extractivistas se expanden sobre Sudamérica; arrasando bosques, apropiándose de aguas y montañas, y que esta expansión coincide con una escalada de incendios que favorece el despojo, la especulación inmobiliaria y la recolonización, tanto en Chile como en Argentina. Llamamos a unir fuerzas desde los territorios: organizaciones campesinas, comunidades indígenas, sindicatos, brigadistas populares, asambleas socioambientales y movimientos urbanos para enfrentar el insaciable avance del saqueo empresarial bajo el amparo de gobiernos de extrema derecha. Hoy más que nunca, la solidaridad debe ser acción concreta: brigadas, acopios, fondos comunitarios, presión política y denuncia internacional. No aceptaremos que el fuego sea la coartada para el despojo y estamos consientes que las comunidades se organizan frente a Estados que llegan tarde, recortan capacidades de prevención e incentivan descaradamente la usurpación y la explotación de los territorios.
La tierra no se vende: se defiende. Y los pueblos que luchan contra el poder —en Biobío, Ñuble y la Patagonia— no están solos.